Los vecinos de Santa Cruz de la Palma hartos del estado de la nueva Avenida Marítima que aún está sin terminar.

Visto desde casa, el día que se inauguró el Paseo de las Estrellas de la Ciencia, parecía que ya habían quitado (¡por fin, bendito sea el Señor!) las cintas de plástico de la Avenida Marítima.
|

20201220 142817


Pero, ¡qué coño!, allí no habían despejado más que un tramito de nada, lo justo para darle un mínimo de decencia a la escultura erigida al comienzo del paseo, lo preciso para no afear con semejante telón de fondo la foto de quienes asistieron al acto, lo cual fue como barrer bajo la alfombra para salir del paso. 



O sea, que todo seguía igual en una ciudad acostumbrada a sufrir resignadamente la chapucería y el afeamiento crónicos (y los ruidos, ya que estamos, puesto que todavía seguimos sufriendo el petardeo del barquito de Armas. Qué manera de reírse de todos nosotros, empezando por la Santísima Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife y su delegación palmera. Y encima, va la naviera y se las da de protagonista, de enrollada con la juventud, cada vez que se celebra el Love Festival del Puerto de Tazacorte, cuando lo que debería hacer es empezar a respetar nuestro derecho al silencio de una santa vez). 


Y es que llevamos meses, volviendo a lo de antes, viendo esas ridículas cintas de plástico, así como las varillas de hierro que las sujetan y algunas vallas móviles, sin que a la persona responsable de su colocación parezca importarle un pimiento el lamentable aspecto ofrecido por estas en ese largo trecho de la Avenida Marítima, cuyo flamante paseo, por otra parte, se ha reducido muy oportunamente (en tiempos de coronavirus) a la mitad de su anchura, de modo que el único lado transitable se queda estrecho con solo dos parejas que se crucen en su recorrido, obligando a ceder el paso en lo que debería ser una franja amplia y sin obstáculos (entre otros, unos parterres exageradamente grandes). Aspecto lamentable que va unido a esa sensación de rechazo y disgusto que me imagino que provoca su presencia, a juzgar por mí mismo, en todo viandante.


Sin ánimo de justificar nada ni a nadie, se comenta que, justo cuando concluyó la obra, alguien vino a enterarse de que, según no sé qué reciente normativa sobre la prevención de atentados (o algo por el estilo), no podía existir un paseo peatonal al que pudiera accederse libremente con un vehículo, en evitación de que se repitiera lo de Barcelona, donde unos terroristas realizaron un atropello masivo en las Ramblas en 2019. Es decir, que habría que montar algún tipo de barrera que separara claramente la calzada de la zona para peatones. 


En cualquier caso, sobra decir que las mentadas cintitas no disuadirían a terrorista alguno de su propósito asesino, puesto que se las pasaría por el mismísimo forro. O sea, que para eso, más valdría no poner nada, o bien colocar otra clase de señalización más decorosa para con la estética urbana. Se me ocurre pensar en alguna baranda de madera, como la del paseo peatonal de Fuencaliente, o de acero cromado, como la de los accesos a la propia playa, incluso podría valer una balaustrada que no desentonara con el entorno marítimo.



Yo qué sé, que estudie el tema y se luzca quien cobra por aportar soluciones (aceptables), porque hasta ahora no es que se haya lucido mucho con la de los plastiquitos bicolores y los conos de carretera. Pero lo más curioso es que toda esta chapucería vuelve a estar reñida con esa imagen atractiva que se pretende dar de la isla, con ese destino seguro proclamado en los medios y esos reiterados intentos de reactivación comercial mediante el desarrollo turístico, pero desatendiendo esos detalles que marcan la diferencia entre lo agradable y lo desagradable. 


Es decir, que si pasear por el casco histórico puede producir una impresión de lo más grato en un visitante, hacerlo por la Avenida Marítima seguramente produzca el efecto contrario, de lo cual se infiere que existe una tremenda falta de coordinación entre quienes desean potenciar los encantos isleños y quienes, a nivel urbanístico, deciden soluciones que causan vergüenza ajena, como si cada uno fuera a lo suyo y punto. Pero entendámonos, que no es que las cosas deban mejorarse o embellecerse de cara al turista. No, hombre, no: de cara a quienes vivimos aquí y no tenemos necesidad de indignarnos a diario por culpa de las susodichas cintas. Lo otro digamos que viene añadido.


Y aun así, si uno se para a pensarlo y, sobre todo, a comparar, casi que deberíamos de agradecer que no se haya pedido consejo o asesoramiento en el puerto capitalino, donde tan larga experiencia se tiene en cuestión de acotamientos, restricción de espacios y eliminación de plazas de aparcamiento, porque entonces igual terminaban sustituyendo las cintas de marras por esos mamotretos de cemento en forma de marmolillo que tanto se ven por el muelle (la mayoría con rejas y alineados en forma de cerca). Así y todo, siempre puede haber alguien muy capaz de zanjar la cuestión proponiendo una «verja portuaria» que impida el acceso motorizado (de un supuesto terrorista o un conductor despistado) al paseo peatonal. Y aunque no creo que llegara a aprobarse tal aberración, mis muchos años de residente capitalino, que ya van para quince, me dicen que tampoco sería completamente descartable dicha propuesta.


De hecho, ahora mismo me estoy acordando, aun sin conocerlos, de quienes diseñaron las entradas de los aparcamientos de la Avenida del Puente, de quienes aprobaron el proyecto de la terminal del aeropuerto, incluidos los aparcamientos inutilizables; de quienes convirtieron la explanada del muelle y sus inmediaciones en un recinto carcelario, y de quienes, amparándose en la omnipotente Ley de Costas (con cuya sola mención ya parece que nos estemos refiriendo, por cuanto tienen en común, al mismísimo Dios del Antiguo Testamento, divinidad inflexible, inamovible e inexorable, a más de colérica, rencorosa y vengativa, donde las haya), de quienes nos privaron, decía, de esos lugares de encuentro dedicados al deporte, el ocio y la diversión (y que muy bien podrían levantarse de nuevo en la zona que ocuparon, en ese pedregal de ahora que no es más que un espacio intransitable y desaprovechado), para sustituirlos por una playa «protectora» pero desangelada, por mucho que hayan puesto un par de porterías y un parquecito infantil y vayan a instalar dos o tres kioskos con sus respectivas zonas de hamacas.


Aquellos que nos dieron el cambiazo, o sus sustitutos en el Ayuntamiento, tienen la obligación moral y ciudadana de devolvernos, especialmente a la gente joven, las canchas de baloncesto y la pista de futbito de que disfrutamos en su día; o lo que es lo mismo, de mejorar la calidad de vida que perdimos con el cambio: y eso, imponga lo que imponga la Sagrada Ley de Costas y sus representantes en la tierra (esa ley «justiciera» que se ha cargado el encanto de tantos rincones costeros mandando derribar casetas de pescadores, chiringuitos y restaurantes, pero permitiendo, en cambio, que se llene todo el litoral español de cemento y hormigón). ¡Anda ya, hombre!


¿Me repito al desviarme del tema inicial para aludir una vez más a ese catálogo de barrabasadas? Pues igual sí, pero digamos que la imposición de la fealdad no tiene perdón ni fecha de caducidad, y que tampoco hay que olvidar a los responsables.



En fin, y para terminar ya, que me apuesto lo que sea a que ese remiendo ocasional con que se pretende cumplir determinada normativa, va a permanecer ahí, adornando la Avenida Marítima cual guirnalda de lucecitas mecida por el viento, durante todas las Navidades, y puede que más. Que yo sepa, nadie ha explicado oficialmente hasta cuándo se prevé que dure la nueva «obra». Pero que conste que me encantaría perder la apuesta.



Comentarios